Para unha crítica do españolismo, de Camilo Nogueira

Resulta este libro máis unha entrega de Camilo Nogueira para todos os que vemos imprescindíbel unha revisión da Historia á hora de emprendermos o reto do futuro. Do mesmo modo que na sanidade rusa o doente é por regra xeral sometido a un lavado intestinal, para enfrontar a nosa identidade cultural debemos antes librarnos de todos os tóxicos que o Estado español depositou no aparato dixestivo da nosa Historia. Moitos destes venenos están rigorosamente descritos e catalogados aquí, nunha vontade que ademais mostra a pasividade dunha parte importante dos nosos intelectuais co que realmente importa. Porque, que pode haber de máis atractivo que atopar unha nova liña de investigación coincidente co descubrimento das verdades intereseiramente ocultadas da propia nación? Somos tan poucos a investigar, e os que o fan están tan encadeados academicamente ás versións oficialistas da Historia de España?

Este foi o vídeo de campaña que lle gravamos na presentación no Circo de Artesáns da Coruña, este verán:

Edicións Xerais: “O primeiro ensaio, «O marco europeo da cuestión nacional», trata do proceso de estruturación dos estados e da emerxencia das nacións de Europa, procurando evidenciar que os estados e as fronteiras establecidas son consecuencia de causas históricas e condicionamentos materiais e culturais concretos. O segundo, «O reino de Galiza e as orixes do castelanismo», cuestiona a idea de España atribuída ás virtudes e á superioridade de Castela. O terceiro, «O tempo político dos trobadores», aborda o marco político de consolidación do galego como lingua de cultura e administración entre os século XII e XIV. O cuarto, «Sobre a Historia General de España de Modesto Lafuente», critica a interpretación que inspira as ideas tópicas sobre o carácter do Estado español como nación. O quinto, «O españolismo historiográfico no tempo constitucional», examina o estado desa ideoloxía no tempo posterior a 1978. O derradeiro, «O intérprete supremo», analiza a sentenza do Tribunal Constitucional sobre o novo Estatuto de Autonomía de Cataluña, que fecha as vías de recoñecemento da diversidade nacional abertas nas pasadas décadas. Unha posición que contrasta coas decisións tomadas polas institucións do Estado español ante o ingreso na Comunidade Europea e o desenvolvemento da Unión Europea, cando decidiron a transferencia de competencias en materias expresamente definitorias de carácter e da soberanía estatal.”

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«La invención de Castilla»

Arsenio Escolar: «[…Alfonso X] Fue «un precedente de la modernidad», el rey que forja la España moderna, dice sobre Alfonso X el historiador Julio Valdeón. Y el que contribuye a la forja de la leyenda de Castilla, podría perfectamente añadirse: fue el último responsable de que toda una serie de invenciones y tergiversaciones sobre los orígenes de Castilla y sus mitos fundacionales entraran como hechos ciertos y contrastados en los libros de historia, en algunos casos hasta hoy mismo.

Desde finales del siglo XII y hasta mediados del siglo XIII, como hemos ido viendo a lo largo de este libro, un puñado de historiadores y de poetas se inventan una patria, una nación, que en realidad nunca había sido exactamente así. Crean una serie de mitos sobre los orígenes de Castilla y rodean de tintes legendarios falsos a algunos personajes reales del pasado. Se inventan las figuras de los jueces de Castilla. Presentan al pueblo castellano originario con un grado mayor de singularidad del que probablemente tuvo. Falsean la antigüedad de la independencia castellana, hasta el punto de que, de hacer caso a alguno de ellos, Castilla existiría como entidad política casi al mismo tiempo que la Asturias de don Pelayo. Nos cuentan la guerra que en los siglos X y XI se libraba contra los musulmanes como si fuera únicamente una guerra de religión, una cruzada, pese aque realmente no fue así hasta finales del siglo XII. A Fernán González, un dirigente político y militar que durante varios siglos después de muerto no fue considerado estelar, lo convierten los panegiristas castellanos en el padre de aquella patria soñada, en el líder carismático que sublima el afán de identidad y de libertad de todo un pueblo, y además lo hacen nieto de Nuño Rasura, uno de los inventados jueces de Castilla. Adjudican a Fernán González la creación del gran condado de Castilla, cuando verdaderamente se creó por iniciativa del rey leonés Ramiro II. Cuentan incluso que Fernán González venció en el campo de batalla al temible Almanzor, el principal caudillo militar del islam peninsular en toda la Edad Media, pese a que cuando Almanzor realizó su primera incursión de guerra en tierras castellanas el conde Fernán González llevaba ya nueve años muerto. Y, en fin, convierten al Cid, que en realidad fue un señor de la guerra lleno de claroscuros, en el ejemplo de la nobleza caballeresca, del vasallo leal, del hombre honrado, del buen cristiano, casi un santo. En la sublimación de todas las virtudes castellanas, en el héroe nacional por antonomasia, casi en un dios. En alguien capaz de pedir explicaciones al rey Alfonso sobre la muerte violenta del anterior rey, Sancho, y capaz también de ganar batallas después de muerto. Y en descendiente, por si todo fuera poco, del otro juez mítico, Laín Calvo.

Los creadores de esa Castilla mítica no fueron muchos, aunque de la mayoría de ellos se desconocen sus nombres. El edificio mítico castellano probablemente comenzaron a levantarlo los juglares del siglo XII y lo remataron los anónimos autores de los romances del XIV y el XV. Es muy posible que los primeros bebieran de los anónimos autores de los cantares de gesta, y especialmente del Cantar de Mío Cid. Pero tanto éstos como los posteriores pusieron ya en el edificio muchas piedras de su cosecha, muchos adornos de su invención: los autores, de nombre desconocido, de la Historia Roderici, del Liber Regum, de Linage de Rodrigo o de las Crónicas Navarras; el monje que escribe la Crónica Najerense; los obispos Lucas de Tuy con su Chronicon Mundi y, sobre todo, Jiménez de Rada con su De Rebus Hispaniae; Gonzalo de Berceo y sus hagiografías en verso de distintos santos castellanos; el monje que trazó el Poema de Fernán González y el que hizo la Leyenda de Cardeña…

¿Por qué lo hicieron? ¿Por qué en muy pocos años, desde finales del siglo XII y hasta la mitad del XIII, un grupo disperso de autores reescribe la historia de Castilla? En resumen, por dos motivos muy simples: la política y el dinero. Las razones económicas son las que de modo prioritario mueven a quienes escriben en un monasterio. Berceo y el monje de San Pedro de Arlanza que crea el Poema de Fernán González, y el de San Pedro de Cardeña que pergeña la Leyenda de Cardeña para vincular su cenobio a la historia del Cid, tienen algo en común: hacen propaganda de sus respectivos monasterios, que han entrado en decadencia y necesitan nuevos estímulos que atraigan peregrinos y generen dinero. Pero a otro monje, el de la Crónica Najerense, probablemente no lo lleva a las invenciones el mismo motivo económico, sino otro político […].»

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Afonso VI, emperador de España

LaEspañadelCidRamón Menéndez Pidal: «Alfonso VI, sin embargo, no podía aceptar que España fuese patrimonio de san Pedro; por de pronto no se sometió al censo que pagaban el rey de Aragón, el conde de Besalú y otros, pagado todavía por Aragón y Portugal en el siglo XIII. Lejos de eso, empezó entonces a reclamar la antigua dignidad imperial que por rey de León le correspondía; pero no se contentó como hasta entonces con ser llamado emperador, igual que su padre Fernando I, sino que él mismo usó el título, y lo empezó a generalizar en sus diplomas ese año 1077 en que Gregorio VII comunicaba a España las pretensiones anunciadas fuera de ella cuatro años antes; además, el título escogido por Alfonso era más explícito que el de sus antecesores, como si con él quisiera atajar las pretensiones de Roma: Ego Adefonsus imperator totius Hispaniae. La idea imperial manifiesta claramente, por primera vez ahora, conciencia plena de toda su importancia, de toda su extensión sobre la España libre y sobre la irredenta. Por su parte, los otros reinos de la Península hubieron de reconocer, como de antiguo lo hacían, esa supremacía jerárquica del rey de León; así varios diplomas aragoneses ponen en su data: “regnante pio rege domino Sancio in Aragone et in Pampilonia; imperatore domino Adefonso in Legione”; y a su vez los historiadores árabes hacen constatar esa preeminencia, cuando explican que Alfonso VI “usaba el título de imperator, que quiere decir rey de los reyes”. Insistió sobre este concepto Alfonso, algunos años después, cuando amplificaba su título y se proclamaba “constitutus imperator super omnes Hispaniae nationes”.» Este libro de Pidal, La España del Cid, é un tixolo de 500 páxinas que ten o propósito, como poucas obras, de fundamentar a nación española na Castela medieval. Como no século XI o poder castelán era moi reducido revélase esencial aproveitar un monumento literario como o Cantar de Mío Cid para albergar no corazón dun fidalgo de Castela o xérmolo do patriotismo español. Este estudo vencellará, intencionadamente, as virtudes de Alfonso VI co facto de ser rei de Castela (que o era como doutros condados, terras e vilas de rango inferior ao Reino de Galiza-León, nas súas mans) e os defectos co de non ser castelán. E o Cid, moi pouco relevante nobre da época no que respecta ao poder político e económico, aparece aos ollos do profesor como unha personaxe de primeiro nivel referenciado sen conta polos xograis. Xograis, porén, que nunca existiron no século XII en Castela ou ao menos dos que non se ten noticia ningunha, mais que son atrevidamente utilizados a discreción para xustificar, en lugar dos tamén ausentes cronistas da altura, afirmacións sustentadas no ar: «Esta noticia es ciertamente tardía (el Tudense escribe hacia 1236), y además me parece provenir de fuente juglaresca, pero la creo de origen antiguo y, por lo tanto, fidedigna, ya que los primeros juglares castellanos eran más cronistas y menos poetas que sus colegas los franceses». E non fará falta advertir que para os historiadores serios tratar fontes xogralescas significa na maior parte das veces a imposibilidade de escindir a historia e a ficción literaria. De calquera modo, con tanta frecuencia a falta de rigor historiográfico se fai tan evidente en Pidal que as súas intencións ideolóxicas deixan finalmente de sorprendernos, como cando recoñece a pretensión de «dar valor absoluto a los elogios latinos, como hicieron los que bajo Felipe II incoaron en Roma el proceso de canonización del Cid».

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